Críticas y reseñas





La serie "Tótems" retrata un mundo deshecho. Un mundo producto de la memoria evanescente de una historia deteriorada. Con su trabajo, Vicente Greus, combate el cambio y las transformaciones de los tiempos que atentan contra la concepción de lo permanente, de lo que queda plasmado en la fotografía. Con su obra salvaguarda ruinas y llena un lugar vacío, porque carga los lugares de significación. Con su visión, automáticamente, lo ruinoso se convierte en una obra nueva y lo perdido abandona el olvido.

No debemos ver estas fotografías como una reliquia nostálgica de tiempos pasados, sino como un modo de desarrollar la alfabetización visual sobre el entorno urbano y el proceso de cambio. Cada fotografía se toma en un lugar, es obvio, pero es que cada fotografía es parte de este sitio, ya sea de manera intencional o no. El lugar retratado tiene una identidad, propósito e historia. Es local. Muestran el presente, un trozo del ahora de ese espacio local. Tenemos la tendencia a mirar las fotografías como pasado, como instrumentos de la nostalgia o como un registro para la posteridad, pero son especialmente interesantes para decir lo que es ahora. Parte de este ahora son las marcas efímeras de la arquitectura, las escenas urbanas desoladas, el desgaste. Estos tótems son parte del funcionamiento cotidiano de la ciudad, son recuerdos del pasado pero también custodia, aviso, celebración y deterioro del presente.

Los tótems, en esa aparente inutilidad, entorpecen el espacio. La naturaleza y la soledad se han adueñado de ellos. Pero parecen más vivos que nunca. En esa calma, la obra semeja jamás desaparecerá. Una suerte de leve destrucción que la mantiene en un desgaste infinito, y por lo tanto, infinitamente viva.

Joan Feliu Franch
Director MARTE Feria Internacional de Arte Contemporáneo - Profesor Universitat Jaume I





El tema del espacio vacío, la arquitectura deshabitada y los lugares abandonados por el hombre son temas recurrentes en la fotografía contemporánea, proponiendo con ello una especie de denuncia acerca de las nefastas consecuencias para la vida en comunidad, desencadenada por las grandes construcciones y los negocios inmobiliarios típicos de épocas no tan lejanas.

Sin embargo, en la propuesta de Greus percibo matices diferenciadores. Con sus imágenes y títulos elabora una denuncia social que se aparece mucho más amplia, más ambiciosa acaso. Una crítica social inmersa en un largo presente, actuando a la vez como muestra del deterioro físico de aquello que fue y un significado de denuncia del derrumbe social que vivimos en la actualidad.

Greus elige de manera intencionada rincones con evidentes signos de deshabitabilidad, mostrando especial predilección por interiores, lejos de los grandes espacios abiertos que abundan en la fotografía más actual. En general son lugares escogidos por ser lugares abandonados, lejos ya de su posible uso primitivo y donde el deterioro del paso del tiempo ha dejado su impronta. Signos de deshabitabilidad, casi deshumanizados ya por el referido deterioro sobre el espacio que recoge la imagen.

Por otra parte, Greus se sitúa lejos de mostrarnos lo que sería la miseria de una ruina. Muy al contrario, con la composición, el estudio de la luz y la mesurada utilización del color construye una fotografía cercana a lo que podría ser una imagen más bien poética. Pero no sólo eso. Un simple repaso de los títulos de las imágenes nos muestran a un fotógrafo que ve la vida con una saludable ironía, uno de los elementos de la inteligencia según se cultivó en la filosofía de la Antigüedad griega. Irónico y socarrón con la realidad.

Paco Sancho
Fotógrafo





Dejarnos llevar por la mirada de Vicente Greus es visitar lugares abandonados, rincones de nuestra ciudad que nos pasan desapercibidos o miradas fortuitas con nuestros vecinos. Son imágenes llenas de historias, pasadas y presentes, trabajadas para revelar una belleza que seguramente nos costaría encontrar. Greus suma digitalmente diferentes capas de textura a la imagen original consiguiendo un nivel máximo de expresividad, donde la melancolía en su acepción más noble marca cada imagen con un toque realmente personal y tan difícil de conseguir. Cada imagen es trabajada con técnicas propias de otras disciplinas artísticas adquiridas en el pasado.

Sus composiciones, los juegos de luces y el tratamiento del color nos llevan a otro tiempo. Un tiempo donde la imagen era mimada y cuidada. Recuerdan a aquellos bodegones donde el objeto por irrelevante que fuera era trabajado con tal esmero que debía producir un efecto de serenidad, armonía y belleza. Pero hablar de bodegones urbanos es quedarnos cortos. Y es que sus imágenes, aunque son realmente agradables de contemplar, cargan con algo más en sus capas de texturas. Cada una de sus obras evoca una historia, ya sea por su título (algunos realmente te hacen sonreír por el símil que establece con la imagen) o por los propios recuerdos que cada uno podemos tener de espacios similares.

Quizá sea mi debilidad por los lugares abandonados o porque tuve la suerte de ver como una mujer se enamoraba locamente de una de sus obras, pero desde que descubrí las fotografías de este valenciano no puedo dejar de contemplarlas y dejarme llevar mentalmente por esos escenarios.

Teresa Barrantes
Historiadora del Arte






Valenciano de nacimiento y mediterráneo en el alma, Vicente Greus es fotógrafo pero tiene una larga trayectoria de artista usando lápices, pinceles, herramientas de grabado, escultura y diseño gráfico, que le han llevado a transformar sus propias fotografías en obras de Arte donde la actual constante es la búsqueda de texturas. Sus obras nos abren las puertas de un mundo muy "humano" pero relativamente "deshumanizado", donde la vida late fuertemente y a pesar de todo, bajo las viejas piedras, las paredes derrumbadas, las plantas que crecen en lugares inhóspitos...

Sus colores se vuelven insinuantes. La luz es definitivamente mediterránea. La imagen es mágica e intemporal. El mundo de Greus es bello y generoso con la condición humana. En su obra el paso del tiempo se transforma y curiosamente nos transmite sensación de paz y bienestar.

Yvonne Brochard
Directora de Victim of Art






En un entorno cotidiano como el nuestro, mediatizado por la multiplicación de las imágenes, de iconos populares, las opiniones se dividen ante la dificultad o la necesidad de acercarse a la realidad del paisaje de nuestras ciudades con la actitud de un paseante contemplativo y reflexivo que se ofrece a su entorno. Un concepto como el de flâneur -formulado para la posterioridad, en distintos momentos de la Historia, por Charles Beaudelaire y Walter Benjamin como una nueva categoría estética que nacía de la relación entre el sujeto y la entonces naciente metrópolis moderna- se debate ahora entre la imposibilidad social o la voluntad existencial de conferir un contenido estético al viaje y al tránsito por los espacios de la ciudad, a la imagen de un sujeto que camina libremente por las calles, que se entrega ocioso, imaginativamente, sin un plan prefijado a lo que le ofrece el destino. No es casual que entre estas dos figuras centrales de nuestra contemporaneidad como Beaudelaire y Benjamin encontremos al tiempo decisivas reflexiones y condenas sobre el hecho fotográfico que giran en torno a la representación de la naturalidad, a su valor cultural y a la pérdida de la existencia única e irrepetible del objeto capturado/representado, de su «aquí y ahora», de su aura. Sin embargo, tal como advirtió en más de una ocasión Susan Sontang, el artilugio fotográfico, al transformarse de un pesado mecanismo en objeto ligero, convierte el acto de fotografiar en un hecho de no intervención, por lo que la captura de imágenes acompaña sin contradicción a la vivencia cotidiana del paseante que se ofrece a su entorno sin un plan prefijado a lo que le propone el destino. En esta dirección, tal como nos muestra el film de Dziga Vertov, El hombre de la cámara (1929), el paseante se convierte en «alguien en movimiento perpetuo, alguien que atraviesa un panorama de acontecimientos dispares con tal agilidad y celeridad que toda intervención es imposible», comentaba Sontag en uno de sus célebres ensayos sobre fotografía. El hecho fotográfico se presenta así, entre sus múltiples manifestaciones disciplinares, como el registro escópico de la visión del flâneur.

En la serie de fotografías que presenta en esta muestra Vicente Greus, los espacios arquitectónicos son hallazgos intrascendentes para el ciudadano pero no para el flâneur. Como el hombre cámara de Vertov, el flâneur decide ejercer su intrascendente pero, a la vez, decisiva apropiación estética del entorno. Los espacios por los que circula Greus son arquitecturas insignificantes para el viandante pero que él recupera a través de la exaltación matérica de las texturas. Trata de introducir sensaciones relacionadas con un recuerdo ficticio, con vivencias que quizá tuvieron lugar allí pero a las que él nunca asistió. Un pasado que sólo puede ser concebido/recordado con austeras gamas cromáticas. Sus objetos cotidianos, en muchas ocasiones detritus tecnológicos de un pasado nostálgico, no se muestran distantes, alejados de una relación con el mundo para un espectador que se las entiende sin tocarlo a través del filtro de la fotografía, sino que propone elementos que son devueltos a su curso natural a través de la manipulación de la imagen.

En este sentido resulta interesante detenerse, como el paseante decimónico sorprendido por un hallazgo inesperado, en las imágenes de sus inquietantes escaleras. En ciertas ocasiones, aparecen como pretexto para crear inestables oleajes, escalones que soportan el paso del tiempo, que se van ondulando; iconografías que nos conducen como espectadores a un enigmático autor de instantáneas como Frederik H. Evans (1853-1943), que en 1903 inmortalizó en una de sus más celebres fotografías, The Sea of Steps, una larga sucesión de escalones en la catedral inglesa de Wells. En otras imágenes de Greus, las tensiones espaciales se organizan en torno a una columna. Sobre ella se organiza una férrea estructura geométrica que permite pensar en un camino hacia el mundo subterráneo, como el del mito clásico que nos cuenta la historia del descenso de Orfeo por las escaleras del inframundo en busca de su esposa Eurídice. O, por el contrario, la historia vista por Eurídice que trata de salir al alcance de una fuente de luz que se proyecta desde sus últimos tramos, ocultos al espectador de su fotografía. Sobre el claroscuro existencialista que nos devuelve esta imagen de Vicente Greus podemos decir, haciendo honor al sugerente planteamiento de Heinrich Heine en su libro Les Dieux en Exil (1853), que las historias míticas viven sucesivos retornos en la historia del arte, bien como historias paganas, figuras bíblicas, o en una actual extensión como iconos populares. En consecuencia, tal alcance de luz parece aclamar un lema para Eurídice como el que en los primeros setenta vocalizó la banda de los Led Zeppelin: «She's buying a stairway to heaven».

Joan Robledo
Crítico de Arte





La fotografía muestra una lámpara de cristal tallado y bronce. Cuelga del cable eléctrico y descansa ladeada sobre el suelo sembrado de escombros, mostrando los casquillos sin bombillas. El metal sobredorado reluce delante de restos ennegrecidos de madera, de un mamparo derrumbado tras el cual descienden varias tuberías como varices trombosadas. La oscuridad más absoluta persiste más allá del momentáneo alcance del flash, que ha convertido la suave danza de los sedimentos en un sutil velo.

Podría tratarse de una de las fotografías de Vicente Greus, pero se tomó hace más de una década a casi cuatro kilómetros de profundidad, en los antaño lujosos interiores del Titanic. Revelar la belleza en el abandono, mostrar la postrera dignidad humillada, el valor del desecho cotidiano, el rincón urbano inadvertido, el objeto funcional convertido en ornamento, el rostro de la calle. Cubrirla de matices de óxido, tierra, epidermis quebrada, de los brillos apagados del espejo roto sobre el cual se mira un orgullo que anhela ser reconocido. Y con todos estos elementos, narrar una historia.

Quizás éstas sean las claves del trabajo fotográfico de Vicente Greus, poseedor de una mirada capaz de destapar una belleza atípica en lugares, objetos y personas invisibles al observador común, para transformarlos después en entornos inquietantes, casi oníricos, a través de una alquimia de texturas y lavados cromáticos, que pese a su naturaleza digital, evocan un poder arcaico, casi subterráneo. O como en la fotografía del candelabro del Titanic, intuir una armonía que sólo existe en la profundidad del abismo, y revelarla en un instante de perturbadora gloria.

Manuel de Entrambasaguas
Director de Maripili Films






"Mirar a través de los ojos de un artista proporciona conocimiento y satisfacción y a veces dolor".

Ellos son los adelantados, capaces de conceptuar materialmente las sensaciones y los sentimientos, que alentando en nosotros no encuentran la concreción de un verso o de una imagen.
Tarazona Foto abre la ventana a las miradas “redondas” por cuadradas de Vicente Greus, miradas a lo cotidiano, corriente y a veces inverosímil pero siempre mágicas, miradas filtradas por las cicatrices y el duro polvo del tiempo, miradas enturbiadas por las lágrimas o los deseos.
La fotografía en sus manos y en su ordenador se convierte en esa herramienta misteriosa capaz de materializar y hacer aparecer los sueños para que nosotros podamos disfrutarlos y aprender de ellos.

José Latova
Fotógrafo. Director de Tarazona Foto






"Greus y el ojo de la cámara"

La estética de Vicente Greus recuerda a esta memorable película de Bertrand Tavernier de muy principios de los 80, protagonizada por Harvey Keitel y Romy Schneider. Pero centrémonos en esta última. La película que menciono fue la última en la que participó Romy antes de morir.

Esta mítica actriz, que participó en varios Sissi de Marischka, fue la primera opción de Buñuel para "Belle de jour", finalmente protagonizada por Catherine Deneuve (fría al lado de Romy, pero la austriaca era hija de una actriz filonazi que no quiso que su hija trabajase con un comunista). Empero le relaciono con la pelicula de Tavernier ya que el objetivo de Greus se centra en centros urbanos en decadencia (como la vida de la desdichada Romy tras haber encarnado a la Emperatriz, haber muerto su adorado hijo y acabar como icono del cine postmoderno como portadora de una cámara en el cerebro) arrumbados. Y al mismo tiempo los protagonistas de sus imágenes recuerdan al papel de Jennifer Powel en "Jenny" de William Dieterle (película de encargo de un productor de cine... y por otra parte favorita del mismo Buñuel) que "encarnaba" a Jenny, que no se sabe si era la visión o el espejismo de un pintor arruinado, "encarnado" -dado su estado de semipostración- por un voluntarioso y elegante Joseph Cotten, que tiene la suerte (o está predestinado) de llamar a la galerista Ethel Barrymore, lo que hace que su crepúsculo se sitúe en un difuso y grato porvenir.

Y Greus no se hace notar, como la sin par Romy... etérea; sólo que Vicente, con su osadía y entereza proclama a los cuatro vientos su crítica a la decadencia, y su apoyo a las imágenes y personas anónimas conseguidas de pasada... como el paso de Romy por la Tierra. O el de la imagen subliminal de Jenny.

Ramuntcho Robles Quevedo
Comisario artístico y Crítico de arte






Vicente Greus posee su propia caligrafía al ejecutar sus obras. Unas obras que siempre intrigan al espectador que las contempla por su calidad. Mira con su ojo de artista aquello que le interesa para lograr paso a paso con su obra aquello que intriga, su Arte. Sus obras han sido expuestas en Hispánico Art Gallerie Amsterdam y en Museo Galerie Rosmolen Universart y los espectadores han disfrutado con su Arte. La colaboración con Vicente Greus ha sido excepcional. Su inmejorable contacto así como la presentación de sus trabajos y colaboración con nosotros hacen que recomiende a Vicente Greus, sin lugar a dudas. Estamos realmente orgullosos de tener sus obras en nuestra colección!.

Consuelo Visser Plaza
Directora de Fundación Hispánico y Universart Holanda






Como una agradable sorpresa ante nuestros sentidos, Greus sigue presentándonos sus figuras cotidianas, solitarias, con cierto aire de fracaso vital, enmarcados en rincones vacíos y evocadores pero elevados a la intemporalidad gracias a esos tratamientos que podríamos definir como "góticos", con todos los respetos (...y envidiosa admiración). El devenir cotidiano elevado a la categoría de arte a través de sus ventanas negras, donde nos invita a asomarnos para descubrir su mundo, en definitiva nuestro mundo, a través de su personal mirada. No se pierdan esa mirada y abran sus ojos ante este nuevo horizonte que Greus despliega ante nuestros adormecidos ojos. Déjense llevar de la mano y disfruten de su melancólica -no confundir con triste- visión.

Edgardo Coster
Fotoperiodista internacional






El trabajo de Vicente Greus es coherente, con un leitmotiv rebosante de romanticismo y revolucionario en su manera de sentir y mirar la vida. El artista nos muestra lo que realmente le hace único, su creatividad al servicio del sentimiento de abandono y la imperfección como su causa. Las frágiles enamoradas son estancias nostálgicas donde en algún tiempo pasado surgió el amor y con su nacimiento también su abandono y muerte. Las penas mórbidas se convierten en rincones fugitivos y elementos cotidianos con un aroma íntimo a diario fiel de adolescente.

Todo su mundo nos pertenece al crear historias emborrachadas de emociones y como lectores, buceamos entre sus líneas más herméticas para sentirnos beodos de recuerdos sublimes. El desánimo y la dejadez visual de los elementos y lugares que conforman las coreografías nos trasladan inevitablemente a la belleza de los mismos en otro tiempo. Ya nada queda equilibrado ni armónico y pese a ello, nos embarga la emoción de poder contemplarlo como testigos supervivientes. Escenas que se convierten en tiempos detenidos para nuestras miradas, porque todos somos imperfectos y nuestra piel, la que Greus roza con sus obras, es una y mil texturas.

Por su peculiar forma de encontrar belleza en la decadencia, cuando mi tiempo llegue, le llamaré para que me fotografíe como una escena que se fue de copas con el olvido...

Sol Marrades
Fotógrafa. Apasionada por la fotografía